Tu única, salvaje y preciosa vida

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¿Quién hizo el mundo?
¿Quién hizo al cisne, al oso negro?
¿Quién hizo al saltamontes?
A esta saltamontes, me refiero –
la que ha saltado desde la hierba,
la que come azúcar en mi mano,
la que mueve sus mandíbulas adelante y atrás en lugar de arriba y abajo –
la que mira alrededor con sus enormes y complicados ojos.
Ahora levanta sus patas delanteras y se lava cuidadosamente la cara.
Ahora abre sus alas con un chasquido y se va volando.
No sé qué es exactamente una oración.
Pero sí sé cómo prestar atención, cómo caer
en la hierba, cómo arrodillarme en ella,
cómo abandonarme y sentirme bendecida, cómo recorrer los campos,
que es lo que he estado haciendo todo el día.
Dime, ¿qué otra cosa debería haber hecho?
¿Acaso no se mueren al final todas las cosas y demasiado pronto?
Dime, ¿qué piensas hacer
con tu única, salvaje y preciosa vida?

Mary Oliver
(tr. Tera)

Beneski Museum

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Esta tarde fui al Beneski Museum de Historia Natural del Amherst College. Paseando entre sus milenarias criaturas fósiles, pensé que todo lo que me rodeaba, completamente inmóvil, había estado en movimiento alguna vez. Pensé en la locomoción de la vida. (Movimiento que no necesariamente implica desplazamiento. Movimiento-Respiración. Corazón).

Me asombré con la cornamenta alada del Megaloceros, los peces lacustres encriptados en roca blanca, la belleza con que se habían conservado las plumas de un pájaro jurásico.

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En un panel informativo leí que, en el siglo XIX, un científico y profesor del Amherst College, Edward Hitchcock, había reunido la extraordinaria colección de 1200 placas sedimentarias que contenían más de 21000 huellas fosilizadas de un tipo de criatura entonces desconocido.

En aquella época aún no se sabía que habían existido los dinosaurios y Hitchcock estaba convencido de que eran huellas de pájaros prehistóricos de gran tamaño. Corroboraba esta teoría la forma de las huellas (con tres falanges como las de las aves) y el hecho de que no se hubiesen encontrado huesos ni otros restos fósiles junto a ellas (literalmente, habrían volado).

Me conmovió pensar que aquel hallazgo asombroso y enigmático terminaría teniendo una explicación igual de fabulosa (¡eran huellas de dinosaurios!), pero que Hitchcock no llegó a saberlo.

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En la sala en la que se exponen las placas de Hitchcock, me detuve a analizar la distancia que había entre una huella y otra dentro de un mismo sedimento: la distancia de lo que sería un paso de dinosaurio. Lo imité. Lo que era una zancada para mí, ¿qué sería para él?

Al salir del museo, mientras daba un paseo de vuelta a casa, vi un árbol del que me pareció que brotaban huellas de dinosaurio:-)

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